Ecuador y los Comités de la Revolución Ciudadana

Supuesta oficina de seguridad, ahora desvirtuada. Foto de la  Presidencia de la República del Ecuador

Supuesta oficina de seguridad, ahora desvirtuada. Foto de la Presidencia de la República del Ecuador

Nota del editor: El siguiente post es una reproducción autorizada del blog de Alfredo Vera Arrata y lo compartimos por el interés y la controversia que han despertado dicho comites revolucionarios.

Es evidente la reacción de la oposición, oscilante entre el miedo y el pánico, en cuanto el Presidente Correa convocó al movimiento País a organizar a sus bases y a la ciudadanía simpatizante con la Revolución Ciudadana, con una estructura que se focalice en cada domicilio, en cada cuadra, en cada manzana, en cada barrio, en cada distrito, en cada ciudad o poblado, que es como aspira a que se organicen, si es que pueden y tienen quiénes respalden una acción de esta naturaleza, las fuerzas políticas en todas partes del mundo.

Así pretendieron hacerlo en la historia del Ecuador los conservadores, liberales, socialistas, comunistas, urjistas, velasquistas, cefepistas, emepedistas, demócratas cristianos, izquierda democráticos, roldosistas y cuanto grupo o grupúsculo político, emergió con el ánimo de alcanzar una cuota de poder.

Esta quimera o utopía nunca nadie lo logró: apenas en el sector suburbano de Guayaquil las huestes cefepistas, comandadas por Carlos Guevara Moreno, en la década de los 50 del siglo pasado, llegó a tener una organización estructurada como “comandos” pero que se extinguió muy rápidamente en la lucha intestina con Asaad Bucarám que lo acusó de “pacharaco ocioso” pues vivía en la opulencia a base del “sucre cefepista”, frustrando, como tantas otras veces, la esperanza popular.

Entre otros, sin ningún análisis serio, el Coronel Luis Hernández sostenía en Radio Democracia que la propuesta de Correa para que el movimiento País organice a la ciudadanía en comités para defender la Revolución, era producto del “miedo” y sostuve que el único miedo que puede sentir un revolucionario es a no cumplir con su compromiso de lucha por el cambio y que, al contrario, son las oligarquías peluconas y sus voceros los que tienen miedo, casi pánico, al preveer cuál será la capacidad de lucha que adquirirá la ciudadanía el día que se organice bien, que tome conciencia de que ella, la ciudadanía organizada, es la verdadera dueña del poder.

¿Por qué tanto miedo ahora, si Correa desde su primera campaña convocó a una Revolución Ciudadana, a la democracia participativa, a la instauración de cambios que conduzcan a la justicia social?

¿Será que necesitaron ver en el escenario, juntos de pie, a Correa con los Presidentes Castro, Chávez y Zelaya, para entender a cabalidad que el Ecuador está viviendo un proceso de cambio en el que, entre otros aspecto políticos imprescindibles, está el de canalizar el caudal ciudadano de País a una organización ciudadana verdaderamente participativa?

Si antes, por miopes y prepotentes, los enemigos del proceso no lo vieron y creyeron que eso de la “Revolución Ciudadana” era nada más que un membrete, cayeron es su propia realidad desesperada, puesto que no encuentran palo en qué ahorcare y todos sus intentos de organizarse, de fabricar un líder y un camino de lucha va “de fracaso en fracaso”, como dice el bolero de Julio Jaramillo, y ya fue demasiado tarde para revertir lo del cuento aquel de que “ya viene el lobo”, “ya viene el lobo”, “ya viene el lobo”…. ¡hasta que “vinió”¡

No se quieren dar cuenta de que si la ciudadanía mayoritariamente apoya el proceso y así lo decide, se organizará en Comités que defenderán su revolución, ratificando que la unidad hace la fuerza y hacer cierta la estrofa de la canción; “el pueblo unido, jamás será vencido”.

Mientras mayor sea el miedo, alimentado por el odio irracional de una oposición aterrada, más tonterías e incoherencias cometerán.

Los derechos a la libre asociación y a la participación democrática en los problemas socio culturales, económicos, de soberanía y autodeterminación, no pueden ser obstruidos ni limitados y menos impedidos por un fundamentalismo como el “miedo a lo que va a suceder”.

La ciudadanía tiene que organizarse para convertirse en el instrumento que promueva valores como la disciplina, la solidaridad, la dignidad, la productividad, el buen vivir.

Como el miedo es libre y con exageración puede llegar a la paranoia, tengan cuidado los propaladores de la tembladera no sea que se convierta en una pandemia pelucona.

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